El divorcio entre escuela y familia: efectos en la salud emocional del estudiante

 

Pablo Carbone Unzueta.

Psicólogo, educador y escritor

Existe un divorcio, al parecer irreconciliable, entre la institución escolar y los padres de familia; una fractura que está generando un efecto profundamente devastador en los estudiantes. Cada vez es más evidente cómo ambos bandos se atrincheran en la defensa de sus intereses, atacándose mutuamente y eludiendo las responsabilidades que les corresponden. Al medio queda el niño-adolescente, quien es el verdadero afectado por esta ruptura sinsentido que pone en jaque los procesos de enseñanza-aprendizaje.

Este quiebre no es solo institucional, sino que conlleva aspectos psicológicos y emocionales. Como sostiene Daniel Goleman, la inteligencia emocional —que incluye habilidades como la autorregulación y la empatía— es clave para el desarrollo personal y el aprendizaje. Cuando estos entornos entran en conflicto, dichas habilidades se ven seriamente afectadas (Goleman, 1995).

Lejos ha quedado la escuela y su valor incuestionable, donde la palabra de directores y docentes representaba una ley que debía acatarse sin cuestionamientos. Sin embargo, añorar aquello implica aceptar que esa autoridad incuestionable también escondía prácticas poco pedagógicas. Paulo Freire ya advertía que una educación sin diálogo, donde el docente impone y el estudiante solo recibe, limita el pensamiento crítico y reproduce relaciones de poder poco saludables (Freire, 1970).

Pero… ¿Cómo extrañan algunos docentes que nadie los cuestione? ¿Cómo añoran un aula donde su palabra no sea puesta en tela de juicio, incluso cuando incurre en errores o injusticias? Pretender educar a todos por igual, sin respetar ritmos de aprendizaje ni considerar diagnósticos psicopedagógicos, no es disciplina: es ignorancia, es no estar a la altura de las circunstancias pedagógicas actuales y aferrarse a un autoritarismo disfrazado de orden que desnuda una falta de actualización pedagógica y una preocupante carencia de inteligencia emocional.

Pero la crítica no puede ser unilateral. También ha quedado atrás, el padre de familia comprometido, que destinaba tiempo y energía al acompañamiento real de los procesos de aprendizaje de sus hijos. Muchas familias delegan la formación de valores y principios básicos a la escuela, apareciendo únicamente para cuestionar resultados, acción que representa una irresponsabilidad mayúscula.  

La realidad es preocupante y tiende a agravarse. Ni la escuela puede educar sola, ni la familia puede limitarse a observar desde la distancia. Educar es corresponsabilidad, es gestionar emociones, es saber que el estudiante no requiere solo información y contenidos, sino también contención y apoyo entre los adultos que lo rodean. En palabras de Rafael Bisquerra, la educación emocional debe ser un proceso compartido y continuo, no una responsabilidad aislada (Bisquerra, 2009).

La escucha activa, la capacidad de resolver problemas y el diálogo deben convertirse en pilares fundamentales de la relación entre escuela y familia. Solo así será posible construir un entorno educativo donde el estudiante se sienta acompañado, comprendido y verdaderamente educado.

Superar el divorcio manifiesto entre las instituciones escolares y los padres de familia es una medida urgente para recobrar las dimensiones educativas y emocionales; y de esa manera, los entornos educativos vuelvan a ser lugares seguros para los estudiantes.

 

 

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